No recuerdo la última vez que recibí una carta manuscrita.
El correo electrónico y el acceso a la telefonía, fija y móvil han
casi acabado con el género epistolar, y probablemente, una vez hemos dejado de
estudiar, con la caligrafía.
Ya yo también me he dado cuenta de la paradoja de hablar de
caligrafía mientras escribo con el ordenador.
Recuerdo las cartas que me dictaban mis padres para mis abuelos, y
las que recibíamos de ellos, redactadas según un manual que nos enseñaban en el
colegio y que seguro alguien tiene en casa: “Queridos hijos y nietos, espero
que al recibo de la presente os encontréis bien de salud, nosotros bien ADG…”
O el esperar carta de tu novia de verano, las sonrisas por casa si
alguien abría el buzón antes que tú, y encerrarte en tu cuarto a leerla. Ir al
estanco a comprar sellos para contestar, buscar un rato a solas para
escribirle…
Por si se os ha olvidado, hubo un tiempo n que las llamadas
telefónicas no tenían tarifa plana y tanto las llamadas a otros municipios de
tu provincia, como las interprovinciales eran consideradas “conferencia” con el
consiguiente engorde de la factura telefónica y posterior bronca en casa.
Además, la no inmediatez de la respuesta y la intimidad del acto
de escribir te permitía volcarte más en la escritura y pensar claramente lo que
querías contar.
Y por supuesto, si no nos apetecía contestar, siempre nos quedaba
el recurso de mentir y echarle la culpa a Correos por haber perdido nuestra
carta.
Sin otro menester, se despide de vosotros éste que lo es…
PD: No recuerdo cuándo, pero sí quién. Raquel, un mokis gordo.


